Si el organismo, después de superar una enfermedad, guarda memoria inmunológica en caso de ser atacado otra vez, ¿qué es lo que hace que me siga resfriando?

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Frente a diferentes patógenos que nos afectan, desarrollamos una respuesta del sistema inmune adaptativo que nos deja con una memoria inmunológica específica de linfocitos T y B, que se traduce en una mejor respuesta inmune frente a un encuentro posterior con ese mismo patógeno.

Sin embargo, en el caso del virus de la influenza, se trata de un patógeno que año a año va cambiando de cepa y esto hace que los anticuerpos que se generan contra el virus que afecta un año, ya no sirven para neutralizar el virus que afecta al siguiente año.

Cada cepa de virus tiene un fenotipo caracterizado por un repertorio de rasgos, conocidos como epítopos, que son los sitios moleculares que el sistema inmune adaptativo reconoce a través de receptores específicos presentes en linfocitos T (receptor del linfocito T, siempre anclado a su membrana plasmática y que no se puede secretar) y linfocito B (inmunoglobulina o anticuerpos que el linfocito puede secretar y que por esta razón se encuentra en el suero y pueden durar años en circulación) y que por ende, conforman la respuesta inmune específica.

Cuando se desarrolla dicha inmunidad, la cepa anual es combatida y por lo tanto sus recursos se agotan, lo que lleva a que una nueva, que tiene epítopos diferentes, adquiera una ventaja competitiva y se manifieste al año siguiente, pero para la cual no estamos preparados. Por eso, se recomienda una vacunación anual. En consecuencia, año a año, los científicos usan diversas aproximaciones para determinar que los virus de la vacuna coincidan con los que tienen más probabilidades de causar la influenza durante ese año.