Frente al calentamiento global, Chile se adapta

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El cambio climático se instaló en el planeta antes de lo previsto, trayendo consigo aumento de temperatura y escasez hídrica. En nuestro país, los pronósticos para los próximos años son poco alentadores, pero dentro de un futuro que se pinta negro hay una buena noticia: estamos reaccionando.

Las plantas que se instalan en las nuevas áreas verdes de La Pintana tienen compañía. Bajo tierra, junto a sus raíces, cada una cuenta con una masa de aspecto gelatinoso conocida como gel hidropónico. Esta sencilla tecnología retiene el agua que habitualmente escurría bajo tierra, y la deja al alcance de la planta para que absorba los nutrientes que necesita.

Esta iniciativa, que corresponde a un plan piloto implementado por la municipalidad de la comuna, resume la importancia que tiene hoy el ahorro de agua para el país. Porque este recurso, coinciden los especialistas, es el principal dilema ambiental que enfrenta Chile a la luz del cambio climático global: "El mayor impacto esperado es el déficit hídrico, por lejos", asegura Paulina Aldunce, investigadora del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR)2, uno de los principales centros científicos estudiando el fenómeno.

Además de los planes de mitigación -como la reducción de 30% en las emisiones de gases causantes del efecto invernadero que la Presidenta Michelle Bachelet anunció ante la Asamblea General de la ONU en septiembre pasado-, Chile ha puesto en marcha el único recurso que, en última instancia, hará posible que la humanidad supere los problemas representados por el calentamiento global: la adaptación. Aunque queda todavía un largo camino de investigación, diversas propuestas comienzan a ser analizadas por científicos y autoridades: desde la búsqueda de especies vegetales resistentes a la escasez de lluvia, hasta el traslado de cultivos a zonas más aptas, pasando por el monitoreo constante de la biodiversidad y la construcción de infraestructuras más sólidas en la costa, que resistan los embates de fenómenos climáticos extremos. A esto se suma el Plan de Adaptación al Cambio Climático del Ministerio del Medio Ambiente, instrumento que definirá las políticas públicas en torno a este tema y que entregará los lineamientos a seguir.

De la mitigación a la adaptación

Hoy existe un amplio consenso científico acerca de que la principal causa del cambio climático son las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) producidas por la actividad humana. Y si bien los países están tomando medidas para mitigarlas, el resultado ha sido más lento de lo deseado. En los años 90 se predijo que para 2025 la presencia de CO2 en la atmósfera alcanzaría las 400 partículas por millón (ppm), pero esa cifra se alcanzó en 2013, 12 años antes de lo previsto. Revertir la situación será difícil: se pronostica que los efectos de la mitigación no se sentirían antes de la segunda mitad de este siglo. De ahí la importancia de adaptarse a las nuevas condiciones del clima.

Así usamos el agua

Uno de los sectores más avanzados en este sentido es el agrícola, cuya actividad productiva consume el 73% del agua que se extrae en Chile. En vista de que este recurso será cada vez más escaso, las acciones que se tomen para prevenir efectos nocivos en la agricultura son primordiales. ¿Qué hay que hacer? "Hay que partir implementando medidas que apunten a optimizar el uso del agua, como por ejemplo, buscar sistemas de riego que puedan ser más eficientes", explica Maritza Jadrijevic, especialista en Política Nacional y Planificación de la Oficina de Cambio Climático del Ministerio de Medio Ambiente.

Riego tecnificado masivo

Técnicas como el riego por goteo o aspersión, por ejemplo, permiten reducir el consumo de agua casi a la mitad, sin embargo se requiere propiciar su uso masivamente. "Todavía estamos utilizando sistemas con una eficiencia menor al 50%, cuando existen otros que llegan al 90%", señala Fernando Santibáñez, doctor de la facultad de Ciencias Agronómicas de la Universidad de Chile, y autor de la investigación "Atlas del Cambio Climático en zonas áridas y semiáridas".

Tres cuartas partes de nuestra agricultura, dice el académico, riega con métodos extremadamente ineficientes, como los surcos: "Se echa a correr durante horas, que es como dejar la manguera del jardín corriendo todo el día". Por eso es vital, enfatiza, que el riego tecnificado se incorpore de manera absoluta "al menos desde el Maule para arriba".

Es una de las soluciones que se plantea para Copiapó, donde hoy se contabiliza la mitad de patrones que existían en los años 80, en tanto que en la Región Metropolitana, científicos del Centro UC de Cambio Global iniciaron un proyecto para desarrollar un plan de adaptación en la cuenca del río Maipo. Se trata de la principal fuente de agua para los más de seis millones de habitantes de Santiago y sus alrededores, y de riego para más de 140.000 hectáreas de cultivos.

En vista de que, además, se prevé que el aumento de temperatura afecte las reservas naturales de agua, la nieve, Santibáñez aboga por adelantarse a los hechos: "La lluvia va a caer más líquida en la cordillera, entonces habrá menos reservas para el verano. Tenemos que hacer nosotros esa pega: retener el agua de modo de alimentar a los ríos de a poco". Una infraestructura hidráulica adecuada permitiría dosificar el riego en períodos de sequía, dice.

 Mantener bosques nativos

Olga Barbosa, académica del Instituto de Ciencias Ambientales y Evolutivas (CAEV), lleva siete años investigando cómo afecta el cambio climático al ecosistema mediterráneo chileno, en particular el impacto en la industria vitivinícola: Como parte de sus hallazgos en el Programa Vino, Cambio Climático y Biodiversidad, que ya cuenta con la participación de 18 viñas, explica que proteger y restaurar los bosques que rodean zonas de cultivo reporta importantes beneficios para contrarrestar los efectos del calentamiento global.

"Al mantener la cobertura boscosa, los suelos se mantienen esponjosos y permiten que el agua infiltre. Por otro lado, también ayudan a disminuir la temperatura a nivel local", explica Barbosa. El trabajo con las viñas implica capacitación y asistencia para implementar medidas concretas en las zonas de cultivo. La mayoría de las estrategias tiene que ver con restauración y conservación, lo que incluye el reconocimiento de las especies nativas y de las exóticas invasoras, dice la experta.

"Los pinos, los eucaliptos y los aromos son plantaciones forestales que se han escapado y están en todos lados. Con el aumento de las temperaturas complican la situación porque usan mucha agua y se incendian muy rápido al tener un poder calórico mucho más alto que el bosque nativo", explica Barbosa.

Pero las aplicaciones no se detienen ahí: !Ahora vamos a empezar un proyecto de generar cultivos entre hileras con flores nativas. El suelo donde están las parras idealmente debiera estar cubierto con pasto o algo que pueda retener más el agua y evitar la erosión. En Chile se usan paquetes tecnológicos con especies importadas de California, pero queremos desarrollar una versión local", resume Barbosa.

Especies que resisten

Desde el Ministerio de Medio Ambiente, Maritza Jadrijevic comenta que otra de las estrategias que contempla el plan de adaptación al cambio climático es la búsqueda de especies más resistentes: "al clima, a las altas temperaturas y a la escasez de agua", detalla. A las regiones de Atacama y Coquimbo, por ejemplo, les saldría a cuenta cambiar sus tradicionales cultivos de uvas de mesa, cítricos y paltos por especies como la tuna, el granado, la higuera o las importadas pitahaya y tamarillo.

Un proyecto realizado por la Fundación para la Innovación Agraria (FIA) y el Centro de Estudios de Zonas Áridas (CEZA) de la Universidad de Chile determinó que este cambio podría significar un ahorro de hasta 75% de agua, además de presentar una ventaja agregada: estas especies tienen la capacidad de tolerar sequías absolutas entre 35 y 70 días.

Otra opción que se estudia en el país es crear esta clase de especies utilizando ingeniería genética. En el Centro de Genómica Nutricional Agroacuícola (CGNA), la ingeniera agrónoma de la U. de la Frontera, Claudia Osorio, trabaja para generar un lupino (género botánico al que pertenecen las leguminosas) que no sólo sea resistente a insectos y herbívoros, sino también a prueba de sequías, heladas y suelos degradados. Esto se lograría mediante técnicas de mejoramiento genético asistido que permitirían, entre otras cualidades, lograr especímenes con raíces más grandes y profundas para una mejor absorción del agua.

Cuidar el suelo

Medidas clave también están analizando para combatir fenómenos como la desertificación, otra de las consecuencias del cambio climático global. Según datos de la Corporación Nacional Forestal (Conaf), se estima que un 62% del territorio nacional está afectado por esta condición. Esto significa que 48 millones de hectáreas sufren degradación, especialmente en la mitad norte del país (I a VIII Región) y la zona austral (XI y XII Región).

Los costos asociados a este fenómeno no son menores. Un informe preparado en 2012 para el Congreso señaló que por cada 1% de disminución en la capacidad productiva del territorio, se pierde permanentemente unos 120 millones de dólares en el PIB.

Entonces, ¿qué hay que hacer?

Alejandro León, doctor en Ciencias de los Recursos de Zonas Áridas y miembro de la Convención de Naciones Unidas para la lucha contra la desertificación, dice que hay que partir por utilizar técnicas de conservación de suelo: "En Chile no tenemos una ley que lo proteja, entonces el propietario de la tierra hace lo que se le dé la gana con ella", explica. "Y esto es importante, porque se podría evitar, por ejemplo, que se plante a favor de la pendiente".

Esta es una práctica habitual que se aprecia en las laderas de los cerros de la zona central y que provoca erosión del suelo cuando llueve. En estos casos se debería plantar en curvas de nivel, explica, es decir, de manera transversal para reducir el deslizamiento de tierra y evitar que el suelo termine en el fondo del valle. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), por su parte, ha trabajado durante años con comunidades de la Cuarta Región, a lo que se suman más de 60 proyectos en otras partes del país que fomentan la forestación para dar mayor cobertura vegetal a los terrenos.

Ciudades inteligentes

Pero hay mucho más. A fines del año pasado, Paulina Aldunce identificó 300 prácticas de adaptación al cambio climático en seis comunas de la zona central, como parte de un proyecto Fondecyt. "Reunimos la experiencia de distintos actores sociales, incluso si se trataba de lo que hacía una sola persona en su casa", cuenta la especialista en cambio climático y desastres naturales. Esta información fue el punto de partida para seleccionar algunas de estas prácticas y analizarlas con sus protagonistas.

¿Qué conclusiones ha sacado en el proceso? "Que no tenemos que inventar la rueda de nuevo, sino basarnos en lo que hacemos y ver qué sirve para adaptarnos", dice. "El cambio climático lo hemos vivido siempre, solo que ahora tiene una frecuencia distinta". Y ejemplifica con las experiencias que conoce: "En las nuevas áreas verdes de La Pintana, además de usar geles hidropónicos, están plantando especies de bajo requerimiento hídrico. Hacia allá tenemos que ir sí o sí: no deberíamos tener prados en las casas, que requieren mucha agua y no son de la zona. Hay que plantar especies nativas".

El Valle de Aconcagua es otro ejemplo, donde destaca el revestimiento de canales, que evita que el agua se infiltre, mejorando la retención. También menciona los estanques acumuladores para uso agrícola: "En Australia tuvieron diez años de sequía, entonces instalaron tambores en los techos de las casas para acumular la lluvia. Eso están aplicando acá algunos agricultores". Todo sirve.

Estas planificaciones, que no requieren de gran infraestructura, van de la mano con algunas de las prácticas que impulsa el Ministerio del Medio Ambiente. "Una medida concreta en la que estamos trabajando es el Plan Ciudad, que contempla las condiciones que debe tener una casa para adaptarse al cambio climático. Para ser más eficientes con el uso de energía, por ejemplo, la orientación de la casa influye. También considerar dónde la pones: no puede ser al lado de un río que se desborda", grafica Fernando Farías, jefe de la Oficina de Cambio Climático.

El arca de Noé

Los expertos coinciden en señalar que, en última instancia, todos estos cambios amenazan la biodiversidad del planeta. En su último informe, el Panel Intergubernamental de la ONU para el cambio climático (IPCC), señala que entre un 20% y 30% de todas las especies de plantas y animales enfrentan riesgo de extinción. Nuestro país, por sus altos niveles de endemismo, representa un tesoro viviente que urge proteger. "Una pequeña adaptación de un ecosistema toma cien años en empezar a emerger, pero en ese transcurso de tiempo el clima cambia ¡tres veces!, ilustra Fernando Santibáñez.

Una salida sería acudir a la conservación asistida: "Si el ruil, por ejemplo, que es una especie emblemática del bosque maullino, va a tener problemas en la costa porque no va a aguantar la disminución de las lluvias, entonces hagamos un parque de ruil en Nahuelbuta, por ejemplo. Vamos a tener que crear bosques, que son la versión moderna del arca de Noé", concluye el académico.

 

Fuente: Revista Chile tiene su Ciencia Nº 6. Diciembre 2015.  Ver otros contenidos de la revista.